Lo que algunos anhelan no siempre es lo que más les conviene

Dos jóvenes paseaban por las vaciadas callejuelas de la ciudad después de la cena de Nochebuena. Uno de ellos, de ojos vivaces y lengua inquieta, atosigaba al otro con gracias y proyectos en busca de una complicidad que no llegaba a alcanzar.

—Pero bueno, chico —le recriminó a su callado compañero—, ¿es que no te vas a animar ni siquiera hoy? ¡Que ya es Navidad!

—Déjame tranquilo, anda.

—Es que eres un exagerado. Con lo rico que estaba el asado de tu madre, no sé cómo sigues disgustado. —Al ver que su comentario no recibía respuesta, trató de darle un poco de consuelo—. Ya verás cómo en dos días conoces a otra y se te pasa la tontería.

—No, tío. Ella era especial y lo sabes. Desde pequeño sabía que me quería casar con ella, ¿recuerdas que te lo decía?

—Sí, no te callabas.

—Y de repente, pum, me deja. Y sin darme ninguna explicación. ¿Cómo voy a estar bien con semejante regalito de Navidad? Y lo peor es que no me contesta a nada. Si al menos supiera qué he hecho… ¿Tú seguro que no sabes nada?

—Qué va, si apenas hablábamos. Oye, ¿qué es eso?

Al final de la calle se notaba cierto alboroto, así que los chicos se acercaron para enterarse de qué sucedía. Al llegar se encontraron a un puñado de personas muy alteradas, algunas llorando de alegría, otras corriendo de un lado a otro; y a escasos metros, una amplia carpa, velada con ajados revestimientos, destacaba en el —por lo demás—, anodino paisaje urbano.

—¿Pero qué pasa?

—¡Es él! ¡El Dadivoso! —gritó un hombre que acunaba celosamente una pequeña caja entre sus brazos mientras corría a toda prisa.

El chico triste miró con desconcierto al hombre, que se perdió al girar la esquina. Su compañero, sin embargo, abrió los ojos con estupor y empezó a palmear el cuerpo del otro, con incontrolables espasmos de emoción.

—¿Quieres estarte quieto? ¿Qué te pasa?

—Yo he oído hablar de ese tío.

—¿Qué tío?

—El Dadivoso. Es un pavo que aparece de pronto en un lugar cualquiera durante la Nochebuena, y reparte regalos.

—¿Te refieres a Papá Noel?

—¡No! A este debes encontrarlo tú, y se supone que lee el alma de las personas y les otorga aquello que más desean. Pensaba que era una leyenda urbana.

—Pues claro que es una leyenda, capullo. Esto no será más que una pantomima o algún tipo de estafa.

—Bueno, ¿qué perdemos por entrar y ver?

Los chicos se dispusieron a cruzar la lona, pero entonces una mujer entrada en años y con una dentadura que había pasado tiempos mejores les indicó que sólo podían pasar de uno en uno. El chico alegre entró sin pensárselo dos veces, y su amigo tuvo que esperarle fuera durante varios minutos. Cuando salió, sus ojos brillaban de pura emoción.

—Mira, tío, el último iPhone. ¿Te lo puedes creer? Está nuevo, te lo juro. Y funciona a la perfección. Ahora tengo un modelo mejor que el que te han regalado a ti je je.

—A ver si lo han robado. Yo no me lo quedaría.

—Estás tú que no me lo quedo. Anda, pasa de una vez.

Sin aceptar réplica, empujó a su amigo hasta el interior, haciendo que casi cayera al suelo. Cuando el chico miró a su alrededor, se encontró frente a un tipo grande y velludo, cercano a la senectud. Estaba sentado tras una mesa de jardín y tenía cajas por todas partes.

—Bienvenido, joven. Te diré cómo funciona esto. Charlamos un poco y cuando tenga claro tu regalo, te lo entrego y tú te largas. ¿Entendido?

—Ya, claro. No me creo nada del tinglado que tienes aquí montado. Como si supieras algo de mí.

—Oh, pero sí que lo sé.

—Paso de tus movidas robadas. Mejor no me des nada.

—Ya tengo lo tuyo, pero tal vez tengas razón y sea mejor que te vayas cuanto antes. Lo que algunos anhelan no siempre es lo que más les conviene.

Entonces, el tipo sacó un sobre y lo deslizó por la mesa hasta dejarlo al alcance del chico, quien, alentado por las misteriosas palabras del Dadivoso, tuvo que abrirlo. En su interior había un papel con algunas líneas escritas. El joven leyó el texto una, dos, cinco veces, hasta que sus dedos soltaron la hoja, que cayó a sus pies. Se quedó absorto unos instantes y después salió al exterior, donde lo esperaba su amigo.

—¡Eh! ¿A ti qué te ha dado?

Sin responder, el impactado joven echó sus vigorosas manos al cuello de su amigo y apretó con todas sus fuerzas. Nadie había alrededor para presenciar la espantosa escena, salvo el Dadivoso y su ayudante, que sonreían desde el interior de la carpa como hacían cada año.

Manuel Alfredo Collado
Manuel Alfredo Collado

Me llamo Manu y soy el creador de Aliteraturación. Además de administrar este espacio, escribo narrativa: soy autor de la novela Tierra de sacrificios y de varios cuentos, algunos de los cuales puedes leer en la sección de relatos de esta web.

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